martes, 6 de enero de 2009

Signos

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Italo Calvino reinventa el viaje de Marco Polo a los dominios del Gran Kan. El italiano tiene una misión: recorrer las tierras que pertenecen al soberano y contarle lo que en ellas vea. Polo ve lo que otros no ven: ve 'ciudades invisibles' para otros ojos que no sean los suyos. Tamara es una de estas ciudades.
Os proponemos parar y reflexionar, tal como el Kan hace cada vez que llega Marco con la descripción de una nueva ciudad, pero ahora queremos reflexionar no sobre cualquier aspecto de la ciudad, sino sobre el asunto de los signos. Este pequeño cuestionario nos puede servir de guía:

1. ¿Por qué se dice que 'todo el resto es mudo e intercambiable'? ¿La flor del hibisco no es muda? ¿El pantano no es intercambiable?

2. ¿Por qué las piedras son solamente lo que son?

3. ¿Por qué utiliza el término 'enseñas'?

4. ¿Podemos decir que el signo es un operador? ¿Por qué?

5. El lugar que algo ocupa en un orden determinado, ¿puede ser un signo? ¿Por qué?

6. ¿Puede enunciar la tesis final de Calvino?

Si quieres leer detenidamente el cuento:


LAS CIUDADES Y LOS SIGNOS. 1
El hombre camina días enteros entre los árboles y las piedras. Raramente el ojo
se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como el signo de otra: una
huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una vena de agua, la
flor del hibisco el fin del invierno. Todo el resto es mudo es intercambiable; árboles y piedras son solamente lo que son.
Finalmente el viaje conduce a la ciudad de Tamara. Uno se adentra en ella por
calles llenas de enseñas que sobresalen de las paredes. El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas: las tenazas indican la casa del sacamuelas, el jarro la taberna, las alabardas el cuerpo de guardia, la balanza el herborista. Estatuas y escudos representan leones delfines torres estrellas: signo de que algo —quién sabe qué— tiene por signo un león o delfín o torre o estrella. Otras señales advierten sobre aquello que en un lugar está prohibido: entrar en el callejón con las carretillas, orinar detrás del quiosco, pescar con caña desde el puente, y lo que es lícito: dar de beber a las cebras, jugar a las bochas, quemar los cadáveres de los parientes. Desde la puerta de los templos se ven las estatuas de los dioses, representados cada uno con sus atributos: la cornucopia, la clepsidra, la medusa, por los cuales el fiel puede reconocerlos y dirigirles las plegarias justas. Si un edificio no tiene ninguna enseña o figura, su forma misma y el lugar que ocupa en el orden de la ciudad basta para indicar su función: el palacio real, la prisión, la casa de moneda, la escuela pitagórica, el burdel. Hasta las mercancías que los comerciantes exhiben en los mostradores valen no por sí mismas sino como signo de otras cosas: la banda bordada para la frente quiere decir elegancia, el palanquín dorado poder, los volúmenes de Averroes sapiencia, la ajorca para el tobillo voluptuosidad. La mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes.
Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos,
qué contiene o esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido. Afuera se
extiende la tierra vacía hasta el horizonte, se abre el cielo donde corren las nubes. En la forma que el azar y el viento dan a las nubes el hombre ya esta entregado a reconocer figuras: un velero, una mano, un elefante...


Para saber algo más sobre esta obra: http://www.leergratis.com/literatura/las-ciudades-invisibles-de-italo-calvino.html

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