viernes, 18 de abril de 2008

El cuento del burrito que no tenía un pelo de zonzo

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De nuevo le tenemos que agradecer a Adrián Ferrero su colaboración en nuestro blog. En esta ocasión nos trae un cuento encantador, nacido a partir de un dibujo de la pequeña Emilia.

Para leer el cuento y ver el dibujo original:



El cuento del burrito que no tenía un pelo de zonzo
A partir de un dibujo original de Emilia Ferrero
Por Adrián Ferrero


Este no es el cuento de nunca acabar. Menos mal. Eso sería terrible además de aburridísimo. Un plomo, es decir, algo muy pesado y gris, que es el color de la tristeza y de los días nublados. Tampoco, por suerte, es el cuento de la buena pipa, porque las nenas y los nenes no fuman o no deberían fumar, y tampoco los grandes delante de ellos, o a sus espaldas, porque les echarían humo de en sus narices y ensuciarían sus pulmones, es decir, los órganos del cuerpo que si uno los mira por dentro parecen árboles con muchas ramas. A través de ellos el aire corre como el río por un cauce.
Este es el cuento del burrito inteligente. Como ustedes saben, la gente habla mal de los burros. ¿Por qué será? Dice que tal persona o tal nena o nene o tal señor o señora son burros o burras. Eso significa quiere significar que son tontos, que no saben estudiar, que son malos haciendo cuentas, que escriben con faltas de ortografía, que dibujan sin habilidad o que no tienen ninguna buena idea.
Les cuento, porque viene a cuento. En este cuento hay un burrito que se llama Equinoccio, tiene dos orejas largas como dos girasoles florecidos puntiagudos y le gusta mucho el pasto, en especial si está muy verde y húmedo por el rocío de la mañana. Así como a ustedes les gusta la leche chocolatada, el dulce de leche, las medialunas, las tortas de chocolate y de merengue, a él, en cambio, le gustan los yuyos.
Pero Equinoccio tenía una dueña, que se llamaba Violeta. Violeta es nombre de nena, es cierto. Pero también es nombre de color y de flor. Así que les puedo decir que Violeta es un flor de nombre, lleno de color, perfume y además de decirse y escribirse se puede pintar, lo que no es poca cosa para una persona, ni tampoco para la familia que lo elige para su hija.
Violeta llevaba a pasear a Equinoccio por el campo, alrededor de su casa. Equinoccio comía y comía pasto hasta que ya no tenía ganas, como cuando ustedes comen panchos o papas fritas y les duele la panza. Después tomaba agua fresca de un río que pasaba cerca. Se acercaba a la orilla, agachaba la cabeza, bajaba las orejas y tomaba largos sorbos.

Un día, llegó a la casa de Violeta un nene. Violeta en su vida había visto muchos nenes y muchas nenas. Altas, bajas, rubias, morochas, pelirrojas, con pecas, con rulos, con pelo lacio, con colitas o con trenzas. Pero este nene tenía los ojos más alargados y ella lo miró como quien mira por primera vez la lluvia, la luna o la noche: maravillada. Como algo mágico, que se mira con sorpresa y no es tan común pero también es algo hermoso, algo distinto. Ella quería conocerlo bien en detalle y en lo posible imitarlo, al menos ser como él por un rato.
-¿Cómo te llamás?-le preguntó Violeta.
-Me llamo Chi-chón. ¿Y vos, cómo te llamás?
-Yo me llamo Violeta.
-Qué nombre. Nunca escuché un nombre así.
-Yo tampoco escuché a nadie que se llamara Chi-chón. ¿Vivís por acá o estás de viaje?
-Vengo de muy lejos. De China, que es un país enorme, el más grande del mundo, tiene una muralla gigantesca, que fue construida para que unos malvados guerreros no invadieran mi país, que en esa época era un imperio, no un país. Tenía emperador no presidente. Mi país tiene muchísimos habitantes que andan en bicicleta y sacan a pasear pájaros tomando las jaulas entre los dedos índice y pulgar.
-En mi país-dijo Violeta-las personas se llaman Alberto, Javier, Carlos, Elena, Julia, María. O María Julia, Juan Carlos, pero no así como en el tuyo. ¿no será un sobrenombre el que te pusieron? Yo tengo un tío, el tío Yiyo. Pero se llama Jaime.
-No. Mi papá y mi mamá me pusieron Chi-chón. Y vivimos en esa casita de dos pisos, que queda por allá.
-¿Y por qué tenés los ojos así, alargados?
-No sé. Nací así. ¿Por qué vos los tenés redondos? A lo mejor los tengo alargados porque tuvieron ganas de estirarse y achatarse, como cuando uno bosteza o se aprieta contra el suelo. En este país, la República Argentina, la mayoría tiene los ojos más redondos. Pero si vos estuvieras en China, no verías mucha gente con ojos como los tuyos. Como ves. Todo depende de los ojos como se mire. Mis papás tuvieron que irse de su país y viajar en avión o en barco, ¿qué sé yo?, a lo mejor en tren hasta llegar acá. Y viven lejos de sus parientes y del lugar donde nacieron. Se mandan cartas que vienen y van, a veces regalos pero extrañan a sus hermanos y tíos. Un día me mandaron un dragón todo rojo y otro un farolito con muchos flecos dorados y otro día dos bolitas de metal que hacen clin-clin-clin, cuando uno las hace girar, y eso sirve para tranquilizarte si estás nervioso, porque te ocupás de mirar sólo esas dos bolitas, como dos ojos, como dos planetas, de hacerlas girar y te olvidás del mundo.
-Yo tengo a mis abuelos acá a la vuelta-dijo Violeta- Me llevan a la calesita y a tomar helado de frutilla y de crema de limón.
-A mí también me llevan a la calesita.
-¿Y nunca anduviste en un burrito?
-No, nunca. Es decir, anduve en los de la calesita, pero esos son de madera, no de verdad. Suben y bajan, giran, en vez de ir derecho y llevarte a algún lugar lindo. Me gustaría mucho más montar un burro y visitar lugares lejanos.
-A mí me gustaría poder saber cómo se ve el mundo con ojos como los tuyos, más chatitos, alargados como los de un príncipe o un pianista que da conciertos por todo el mundo.
-Igual que como lo ves vos. Salvo que son más largos, o eso parece. Después de todo, más que si son chatos o redondos, yo me fijo en cómo mirar: de cerca, de lejos, como con una lupa, con enojo o con amistad y alegría. Nos gustan las calesitas, los helados, andar en burrito, tirarnos por el tobogán. ¿Te gusta el arroz?
-Sí, muchísimo-dijo Violeta-Mi abuela me hace un arroz con pollo o arroz con manteca y queso, que son mis platos favoritos. Te voy a invitar un día a que vengas a casa a probarlo. Y también mi abuela, la otra, la mamá de mi mamá, hace arroz con leche con canela y mucha azúcar. A veces le pone cáscara rallada de limón.
-Mmmmm, qué hambre me da. Tengo ganas de probar esa comida-dijo Chi-chón.
-¿Y si primero damos una vuelta en mi burrito Equinoccio?-lo invitó Violeta.
-Sí, dale.
Violeta y Chi-chón se subieron al lomo del burrito en pelo, es decir, sin montura. Es cierto que era un poco arriesgado, pero avanzaron despacio, con prudencia y tuvieron cuidado en las zonas peligrosas y resbaladizas. ¿Y a que no saben lo que pasó? Pasó algo que sólo puede pasar en los cuentos y en los cuentos mágicos, donde pasan cosas invisibles en los demás, que no aparecen a la vista. Equinoccio habló. Habló con palabras, no con rebuznos, como hablan siempre los burritos.
Y Equinoccio dijo:
-En mi vida rebuzné, rebuzné y rebuzné. Comí yuyos del campo, por supuesto hice pis como hacemos todos y dormí muchísimas horas. Pero nunca llevé en mi lomo a una nena y a un nene tan lindos y que no dejan de mirarse en vez de mirar el sol o el pasto. Violeta tiene los colores del arco iris. Le gusta mirar el mar al atardecer, la luna cuando cae, oler las flores en el jardín y mirarse en el espejo cuando se peina los rulos. Y a Chi-chón, que es un nene muy lindo, con esos ojos largos, hermosos como una espada lista para proteger a los pichones de paloma de los ataques de algún animal malvado, le gusta comer arroz, taparse de noche con una manta amarilla, tirarse a dormir al sol y pensar en el canto de las grullas, que son unos pájaros blancos, altos, elegantes y delgados que viven en el agua y llevan mensajes de los magos. Así que estoy muy feliz y ahora mismo, si ustedes dos, que ya son amigos, me lo permiten, voy a hacer algo.
El burrito Equinoccio sacó lápiz y papel, hizo cuentas, sumó, restó, multiplicó, dividió y por fin, después de haber mirado los números en el papel dijo:
-Nos sobra tiempo para dar una vuelta por el campo antes de que se haga de noche: ver las flores que acaban de estallar entre los árboles, oler la fragancia de los jazmines, revolcarnos en la tierra y hasta para mojarnos los pies en el agua del arroyo. Acabo de resolver un teorema. ¿Saben lo que es? Una cuenta muy difícil. Me decían que nunca lo iba a poder hacer. Y pude. Ahora Violeta va a ir atrás, dándome algunas palmaditas para que no me duerma parado en el camino, porque hoy madrugué y puede venir el sueño. Y Chi-chón, que me conoce menos y anduvo pocas veces en burro, se va a sentar sobre mi cogote, va a agarrarse de mi crin (los pelos de mi cuello) y de mis orejas, y así vamos a marchar hasta que la luz empiece a apagarse y el sol se esconda.
-¡¡¡¡¡Daaaleeeee!!!!!! Dijeron a coro Chi-chón y Violeta.
Y se pusieron en camino.
Regresaron a las ocho de la noche, justo para bañarse cada uno en su bañadera, lavarse las orejas con jabón, comer un arroz con pollo, dulce de membrillo de postre y dormir hasta el mediodía siguiente.
Equinoccio, que como vimos no era nada burro y que de burro tenía sólo el nombre, esa noche bailó en una patas, en vez de cuatro. Se acordó de una frase con la que la gente se burlaba de otra gente, los nenes y nenas de otros nenes y nenas: “Orejas de burro le van a crecer”, decía el versito o la canción. Y pensó que era un verso estúpido, mucho más estúpido que los burros o los nenes y nenas de los que quería burlarse.
Equinoccio antes de dormirse se alegró de que una nena y un nene se hubieran hecho amigos, corriendo mundo, mientras se daban cuenta de que ni ellos ni el la tierra eran tan redondos ni tan achatados, como sus ojos. Les gustaban a Violeta y Chi-chón en general las mismas cosas, salvo que habían nacido en familias que miraban el mundo con otros ojos. Cada uno con los suyos. Usarían anteojos, lupas, gafas, lentes, largavistas, telescopios, cámaras de fotos o de filmación, pero vivían en una misma ciudad y eso los volvía amigos y vecinos. Como todos los colores del arco iris, como todos los colores de la paleta de un pintor, los ojos se redondeaban o aplastaban, se abrían y se cerraban. Cerrándolos, se podía soñar, imaginar, esperar una sorpresa o evitar ver un monstruo. Mirándose supieron que se puede ser corto de vista o tener una vista panorámica. Cuestión de puntos de vista y ahora de puntos suspensivos…

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