sábado, 26 de abril de 2008

A las puertas de palacio (obra teatral)



Hace ya un año, por estas mismas fechas, en Eureka representábamos esta obra, escrita por Gabriela Casalins, una de las profesoras del Departamento de Lengua, expresamente para conmemorar dos grandes eventos, por una parte el Día del Idioma (o del Libro, en otros países), por otra parte, el octavo centenario de la aparición del Manuscrito del Poema de Mio Cid.
Ambas cosas tan relacionadas entre sí que en lugar de dos grandes eventos, deberíamos hablar de un gran evento: nuestro idioma castellano.
Un rey hace muchos años, cuando todavía existían los Imperios, en concreto, el llamado Imperio Español, dijo: "en mi Imperio no se pone nunca el sol". Hacía alusión al hecho de que, cuando en una parte del Imperio (España) era de noche, en otra (América), estaba anocheciendo y, aun en otra, Filipinas, era de día. También hacía referencia, claro está, al hecho de que no iba a declinar nunca, pero en esto el rey sí que se equivocaba. Podemos cambiar un poco la frase de este rey pretencioso y decir, sin miedo a exagerar, que "en el Idioma Castellano no se pone nunca el sol" y, nosotros, sí que no nos equivocamos, porque nuestro Idioma, compartido por millones de habitantes de todo el mundo, no sólo no declina, sino que sigue disfrutando de la luz del sol.
Y ¿dónde empezó todo?

No quiero dar aquí una lección de historia de la lengua, por eso, vamos a contarlo de forma sencilla.
En la Península Ibérica se hablaba el latín, al menos eso es lo que creían los más cultos, porque no era un latín puro y clásico, sino que se había ido enriqueciendo con elementos de otras antiguas lenguas habladas antes de que llegaran los romanos a Hispania. También había incorporado aquel latín, palabras de otras lenguas habladas en ese momento. En fin, que no era precisamente el latín escrito en Roma en el siglo I a. de C. Este nuevo dialecto del latín se hablaba, especialmente, en una zona situada al norte de la Península (recordemos que los árabes dominaban todo el sur), en una región a la que, por la abundancia de castillos que allí había, llamaban Castiella. Y lo hablaban sin saber ellos mismos que estaban haciendo algo tan increíblemente importante, estaban inaugurando nuestro idioma: el castellano. En este idioma aquellos hombres escribieron las hazañas de uno de sus más grandes héroes: Rodrigo Díaz de Vivar, Mio Cid. Escribieron también las historias de otros personajes de la época. Eran poemas largos, con versos de 16 sílabas. La gente del pueblo, que le gustaba oír aquellas historias, las hicieron más cortitas y convirtieron los Cantares de Gesta en Romancero. Los Juglares iban de pueblo en pueblo, cantando estas composiciones. Y el Idioma seguía avanzando y tomando posiciones. También los clerigos, los escritores cultos de la Edad Media, empezaron a usar el castellano. El nuevo idioma ya no era sólo divulgado oralmente por el pueblo, también se escribía y se leía. Ya no era el latín que habían usado hasta hace pocos siglos.
La culminación de este camino de inicio fue doble, por un lado, la aparición de la Gramática de la Lengua castellana de Nebrija, por otro lado, el descubrimiento de América por parte de los navegantes españoles. Ambos sucesos ocurrieron el mismo año: 1492. La Gramática ponía las bases del idioma, el Descubrimiento lo difundía por todos los rincones del mundo.
A partir de 1492, el idioma avanzó y avanzó. Y llegamos a finales del siglo XVI y principios del XVII, y nos encontramos con don Miguel de Cervantes Saavedra, que estaba escribiendo la que sería la novela más importante de la literatura en castellano: Las aventuras del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Don Miguel murió el 23 de abril de 1616 (fecha en la que también murieron otros dos escritores insignes, uno, inglés: Shakespeare; el otro, peruano y español, el Inca Garcilaso de la Vega.
Esta confluencia de nombres es lo que ha hecho que se celebren en esta fecha, en todo el mundo, el Día del Libro (no en Argentina), y entre los hablantes de nuestro idioma, el Día del Idioma castellano.

viernes, 18 de abril de 2008

El cuento del burrito que no tenía un pelo de zonzo




De nuevo le tenemos que agradecer a Adrián Ferrero su colaboración en nuestro blog. En esta ocasión nos trae un cuento encantador, nacido a partir de un dibujo de la pequeña Emilia.

Para leer el cuento y ver el dibujo original:



El cuento del burrito que no tenía un pelo de zonzo
A partir de un dibujo original de Emilia Ferrero
Por Adrián Ferrero


Este no es el cuento de nunca acabar. Menos mal. Eso sería terrible además de aburridísimo. Un plomo, es decir, algo muy pesado y gris, que es el color de la tristeza y de los días nublados. Tampoco, por suerte, es el cuento de la buena pipa, porque las nenas y los nenes no fuman o no deberían fumar, y tampoco los grandes delante de ellos, o a sus espaldas, porque les echarían humo de en sus narices y ensuciarían sus pulmones, es decir, los órganos del cuerpo que si uno los mira por dentro parecen árboles con muchas ramas. A través de ellos el aire corre como el río por un cauce.
Este es el cuento del burrito inteligente. Como ustedes saben, la gente habla mal de los burros. ¿Por qué será? Dice que tal persona o tal nena o nene o tal señor o señora son burros o burras. Eso significa quiere significar que son tontos, que no saben estudiar, que son malos haciendo cuentas, que escriben con faltas de ortografía, que dibujan sin habilidad o que no tienen ninguna buena idea.
Les cuento, porque viene a cuento. En este cuento hay un burrito que se llama Equinoccio, tiene dos orejas largas como dos girasoles florecidos puntiagudos y le gusta mucho el pasto, en especial si está muy verde y húmedo por el rocío de la mañana. Así como a ustedes les gusta la leche chocolatada, el dulce de leche, las medialunas, las tortas de chocolate y de merengue, a él, en cambio, le gustan los yuyos.
Pero Equinoccio tenía una dueña, que se llamaba Violeta. Violeta es nombre de nena, es cierto. Pero también es nombre de color y de flor. Así que les puedo decir que Violeta es un flor de nombre, lleno de color, perfume y además de decirse y escribirse se puede pintar, lo que no es poca cosa para una persona, ni tampoco para la familia que lo elige para su hija.
Violeta llevaba a pasear a Equinoccio por el campo, alrededor de su casa. Equinoccio comía y comía pasto hasta que ya no tenía ganas, como cuando ustedes comen panchos o papas fritas y les duele la panza. Después tomaba agua fresca de un río que pasaba cerca. Se acercaba a la orilla, agachaba la cabeza, bajaba las orejas y tomaba largos sorbos.

Un día, llegó a la casa de Violeta un nene. Violeta en su vida había visto muchos nenes y muchas nenas. Altas, bajas, rubias, morochas, pelirrojas, con pecas, con rulos, con pelo lacio, con colitas o con trenzas. Pero este nene tenía los ojos más alargados y ella lo miró como quien mira por primera vez la lluvia, la luna o la noche: maravillada. Como algo mágico, que se mira con sorpresa y no es tan común pero también es algo hermoso, algo distinto. Ella quería conocerlo bien en detalle y en lo posible imitarlo, al menos ser como él por un rato.
-¿Cómo te llamás?-le preguntó Violeta.
-Me llamo Chi-chón. ¿Y vos, cómo te llamás?
-Yo me llamo Violeta.
-Qué nombre. Nunca escuché un nombre así.
-Yo tampoco escuché a nadie que se llamara Chi-chón. ¿Vivís por acá o estás de viaje?
-Vengo de muy lejos. De China, que es un país enorme, el más grande del mundo, tiene una muralla gigantesca, que fue construida para que unos malvados guerreros no invadieran mi país, que en esa época era un imperio, no un país. Tenía emperador no presidente. Mi país tiene muchísimos habitantes que andan en bicicleta y sacan a pasear pájaros tomando las jaulas entre los dedos índice y pulgar.
-En mi país-dijo Violeta-las personas se llaman Alberto, Javier, Carlos, Elena, Julia, María. O María Julia, Juan Carlos, pero no así como en el tuyo. ¿no será un sobrenombre el que te pusieron? Yo tengo un tío, el tío Yiyo. Pero se llama Jaime.
-No. Mi papá y mi mamá me pusieron Chi-chón. Y vivimos en esa casita de dos pisos, que queda por allá.
-¿Y por qué tenés los ojos así, alargados?
-No sé. Nací así. ¿Por qué vos los tenés redondos? A lo mejor los tengo alargados porque tuvieron ganas de estirarse y achatarse, como cuando uno bosteza o se aprieta contra el suelo. En este país, la República Argentina, la mayoría tiene los ojos más redondos. Pero si vos estuvieras en China, no verías mucha gente con ojos como los tuyos. Como ves. Todo depende de los ojos como se mire. Mis papás tuvieron que irse de su país y viajar en avión o en barco, ¿qué sé yo?, a lo mejor en tren hasta llegar acá. Y viven lejos de sus parientes y del lugar donde nacieron. Se mandan cartas que vienen y van, a veces regalos pero extrañan a sus hermanos y tíos. Un día me mandaron un dragón todo rojo y otro un farolito con muchos flecos dorados y otro día dos bolitas de metal que hacen clin-clin-clin, cuando uno las hace girar, y eso sirve para tranquilizarte si estás nervioso, porque te ocupás de mirar sólo esas dos bolitas, como dos ojos, como dos planetas, de hacerlas girar y te olvidás del mundo.
-Yo tengo a mis abuelos acá a la vuelta-dijo Violeta- Me llevan a la calesita y a tomar helado de frutilla y de crema de limón.
-A mí también me llevan a la calesita.
-¿Y nunca anduviste en un burrito?
-No, nunca. Es decir, anduve en los de la calesita, pero esos son de madera, no de verdad. Suben y bajan, giran, en vez de ir derecho y llevarte a algún lugar lindo. Me gustaría mucho más montar un burro y visitar lugares lejanos.
-A mí me gustaría poder saber cómo se ve el mundo con ojos como los tuyos, más chatitos, alargados como los de un príncipe o un pianista que da conciertos por todo el mundo.
-Igual que como lo ves vos. Salvo que son más largos, o eso parece. Después de todo, más que si son chatos o redondos, yo me fijo en cómo mirar: de cerca, de lejos, como con una lupa, con enojo o con amistad y alegría. Nos gustan las calesitas, los helados, andar en burrito, tirarnos por el tobogán. ¿Te gusta el arroz?
-Sí, muchísimo-dijo Violeta-Mi abuela me hace un arroz con pollo o arroz con manteca y queso, que son mis platos favoritos. Te voy a invitar un día a que vengas a casa a probarlo. Y también mi abuela, la otra, la mamá de mi mamá, hace arroz con leche con canela y mucha azúcar. A veces le pone cáscara rallada de limón.
-Mmmmm, qué hambre me da. Tengo ganas de probar esa comida-dijo Chi-chón.
-¿Y si primero damos una vuelta en mi burrito Equinoccio?-lo invitó Violeta.
-Sí, dale.
Violeta y Chi-chón se subieron al lomo del burrito en pelo, es decir, sin montura. Es cierto que era un poco arriesgado, pero avanzaron despacio, con prudencia y tuvieron cuidado en las zonas peligrosas y resbaladizas. ¿Y a que no saben lo que pasó? Pasó algo que sólo puede pasar en los cuentos y en los cuentos mágicos, donde pasan cosas invisibles en los demás, que no aparecen a la vista. Equinoccio habló. Habló con palabras, no con rebuznos, como hablan siempre los burritos.
Y Equinoccio dijo:
-En mi vida rebuzné, rebuzné y rebuzné. Comí yuyos del campo, por supuesto hice pis como hacemos todos y dormí muchísimas horas. Pero nunca llevé en mi lomo a una nena y a un nene tan lindos y que no dejan de mirarse en vez de mirar el sol o el pasto. Violeta tiene los colores del arco iris. Le gusta mirar el mar al atardecer, la luna cuando cae, oler las flores en el jardín y mirarse en el espejo cuando se peina los rulos. Y a Chi-chón, que es un nene muy lindo, con esos ojos largos, hermosos como una espada lista para proteger a los pichones de paloma de los ataques de algún animal malvado, le gusta comer arroz, taparse de noche con una manta amarilla, tirarse a dormir al sol y pensar en el canto de las grullas, que son unos pájaros blancos, altos, elegantes y delgados que viven en el agua y llevan mensajes de los magos. Así que estoy muy feliz y ahora mismo, si ustedes dos, que ya son amigos, me lo permiten, voy a hacer algo.
El burrito Equinoccio sacó lápiz y papel, hizo cuentas, sumó, restó, multiplicó, dividió y por fin, después de haber mirado los números en el papel dijo:
-Nos sobra tiempo para dar una vuelta por el campo antes de que se haga de noche: ver las flores que acaban de estallar entre los árboles, oler la fragancia de los jazmines, revolcarnos en la tierra y hasta para mojarnos los pies en el agua del arroyo. Acabo de resolver un teorema. ¿Saben lo que es? Una cuenta muy difícil. Me decían que nunca lo iba a poder hacer. Y pude. Ahora Violeta va a ir atrás, dándome algunas palmaditas para que no me duerma parado en el camino, porque hoy madrugué y puede venir el sueño. Y Chi-chón, que me conoce menos y anduvo pocas veces en burro, se va a sentar sobre mi cogote, va a agarrarse de mi crin (los pelos de mi cuello) y de mis orejas, y así vamos a marchar hasta que la luz empiece a apagarse y el sol se esconda.
-¡¡¡¡¡Daaaleeeee!!!!!! Dijeron a coro Chi-chón y Violeta.
Y se pusieron en camino.
Regresaron a las ocho de la noche, justo para bañarse cada uno en su bañadera, lavarse las orejas con jabón, comer un arroz con pollo, dulce de membrillo de postre y dormir hasta el mediodía siguiente.
Equinoccio, que como vimos no era nada burro y que de burro tenía sólo el nombre, esa noche bailó en una patas, en vez de cuatro. Se acordó de una frase con la que la gente se burlaba de otra gente, los nenes y nenas de otros nenes y nenas: “Orejas de burro le van a crecer”, decía el versito o la canción. Y pensó que era un verso estúpido, mucho más estúpido que los burros o los nenes y nenas de los que quería burlarse.
Equinoccio antes de dormirse se alegró de que una nena y un nene se hubieran hecho amigos, corriendo mundo, mientras se daban cuenta de que ni ellos ni el la tierra eran tan redondos ni tan achatados, como sus ojos. Les gustaban a Violeta y Chi-chón en general las mismas cosas, salvo que habían nacido en familias que miraban el mundo con otros ojos. Cada uno con los suyos. Usarían anteojos, lupas, gafas, lentes, largavistas, telescopios, cámaras de fotos o de filmación, pero vivían en una misma ciudad y eso los volvía amigos y vecinos. Como todos los colores del arco iris, como todos los colores de la paleta de un pintor, los ojos se redondeaban o aplastaban, se abrían y se cerraban. Cerrándolos, se podía soñar, imaginar, esperar una sorpresa o evitar ver un monstruo. Mirándose supieron que se puede ser corto de vista o tener una vista panorámica. Cuestión de puntos de vista y ahora de puntos suspensivos…

lunes, 7 de abril de 2008

Charlie Ming, el dragón cantor (Segunda parte)



Ya está aquí, la segunda parte del cuento del dragón cantor, Charlie Ming. Tan tierna y fantástica como la primera. Disfrútadla.
El cuento escrito, pulsando el link.

Cap. 3. Rápido y lento en el océano.

“Estuve un rato largo volando con la barriga pegada a las olas. Tenía que encontrar un cardúmen de arenques chinos haciendo su viaje anual hacia las costas del Mar Amarillo.”
-¿Qué es un aruenque mami?- Dijo Charlie.
-Un arenque, es un pez azul y plateado que nada en casi todos los mares del mundo, algunos se van para las costas de China todos los años a tener a sus hijos- dijo la mamá
-También les gusta nadar entre las garras y las púas para hacerle cosquillas a los dragones de agua- dijo Lao.
-“Di muchas vueltas en el océano antes de encontrar a los arenques, y al final ellos me encontraron a mí” continuó Morwen. “Estaba volando aburrida, mirando el agua desesperanzada y de pronto ví una ráfaga plateada pasar nadando ante mis ojos. Sin saber muy bien qué era la seguí los más rápido que pude
-¡Ráfaga plateada, esperame!- dije. La ráfaga se detuvo
-¿Ráfagaplateadanosotrosnosomosningunaráfagasomosarenquesyestamosapurados
tenemosmilesdekilómetrosporrecorrer?.
-¿Qué? No entendí nada ¿Dijeron arenques?.
-¡Si, arenquesarenquesarenquesqueviajamosAPURADOS!- La ráfaga detenida vibraba con cada sonido y no dejaba de moverse como si estuviera muy nerviosa.
-Hablan muy rápido, ¿están apurados?- dije
–Apuradosapuradosapurados-. Los arenques hablaban tan rápido que si yo no les hablaba también así, me iban a dejar en un abrir y cerrar de alas. Así que tomé aire y les hablé lo más veloz que pude.
-Quieroirachinaynosecómo.
-Seguinosseguinosrápidorápidoseguinosvamosachinaachinaachinavamosrápidoseguinos-. Y la ráfaga de arenques despegó nuevamente a toda velocidad, y atrás fui yo volando lo más rápido que había volado en mi vida, tan rápido que el mundo a mi alrededor se empezó a
transformar en líneas de colores, y la línea que yo seguía era azul y plateada.”


Charlie Ming empezó a dar vueltas en la cueva llevándose todo por delante.
-¿Así de rápido mami?, ¡como un arenque..., ya empiezo a ver líneas...!-. Tantas vueltas dio Charlie que en cuanto empezó a ver líneas, éstas se transformaron enseguida en círculos, ya que la cueva era redonda, y se mareó tanto que casi se cae del otro lado de la catarata si no es por papá Lao que lo agarró de la cola y lo empujó hacia adentro. Mamá Morwen que ya estaba muy compenetrada en su historia ni se dio cuenta de lo que estaba pasando y siguió contando.
-“Casi en el tiempo que dura una bola de fuego en el cielo, los arenques y yo llegamos al Mar amarillo, uno de los mares de China.
–Llegamosllegamosllegamos- dijeron los arenques, pero yo miré para todos lados y sólo vi mar, entonces me asusté otra vez, ¿ésto era la China, solamente agua? Los arenques se desparramaron tan rápido por las aguas que el último destello plateado relampagueó frente mis narices antes de que pudiera preguntarle algo o lo pudiera seguir. Como había hecho un viaje tan largo, decidí no largarme a llorar esta vez y me puse a buscar desesperada a los arenques para que me dijeran si la China estaba toda hecha de agua. Busqué y busqué volando cerca de la superficie y no logré encontrar ningún arenque. Entonces cuando estaba a punto de rendirme me acordé que el tío Noel contaba cuentos sobre dragones de agua, que nadaban como los peces, y me zambullí en el Mar Amarillo con fuerza, casi sin pensarlo. Enseguida me di cuenta que nadar era tan fácil para un dragón, como volar y seguí buscando a toda velocidad.
Cuando me cansé me puse a flotar panza arriba para retomar fuerzas, ya era de noche y así podía mirar las estrellas. Fije la vista en una estrella grande que parecía amarilla como ese mar y me quedé mirándola. De a poquito empecé a moverme sin quererlo, -será la corriente- pensé, y después me moví un poco más y un poco más. Miré el agua a mi alrededor y estaba quietísima. Quise zambullirme al fondo y me golpeé el hocico con una pared. Después sumergí un poquito la cabeza y ví que estaba sentada sobre una enorme montaña de agua azul, ¡que se movía! Y ahí si que me largué a llorar.
-Buaaaaaaaaaaaaa, bla bontaña bme quiere bllevaaaaar blejossss de Bchinaaaaaaa. Nobme bleveeeeees Buaaaaaa- lloré desconsolada.
-¿Mooooooooooon taaaaaaaaaaaa ñaaaaaaaaaaaaaaa?Yoooooooooooo sooooooooooy uuuuuuuu naaaaaaaaaaaaaaaa baaaaaaaaaaaa lleeeeeeeeeeee naaaaaaaaaaaa yyyyyyyyyy vooooooooooooos teeeeeeeeeeeeeeee seeeeeeeeeeeeeeeen taaaaaaaaaaaaaas teeeeeeeeeeeeee eeeeeeeeeeeeeeen miiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii- dijo una voz lentamente desde abajo del agua.


-Perdón no me di cuenta señora ballena, es que quiero llegar a China y perdí a mis guías los arenques-.
-Yaaaaaaaaaaaaaaa eeeeeeeeeeeeeeees taaaaaaaaaaaaaas eeeeeeeeeeeeeeeeeeen Chiiiiiiiiiiiiiiiiiii naaaaaaaaaaaa-. La ballena tenía una voz tan hermosa que parecía hecha de mar y se confundía con las olas, pero hablaba tan lento que para cuando ella terminaba una frase yo ya me había olvidado cómo había empezado. Haciendo un esfuerzo
respondí:
-Pero yo quiero llegar a la parte que tiene también tierra.
-Meeeeeeeeeeeee jooooooooooor eeeeeeeees eeeeeeeeeeeel aaaaaaaaaaaaaaaaa guuuuuuuuuuuuaaaaaaaaaaaaaaa- dijo la ballena convencida.
-El agua es hermosa, pero yo nací en la tierra-. dije también convencida.
-Teeeeeeeeeeee neeeeeeeeeeees queeeeeeeeeeeeeeeee eeeeeeeeeeeeen coooooooooooon traaaaaaaaaaaaaaaaar eeeeeeeeeeeeeeeeel riiiiiiiiiiiiiii oooooooooooooo aaaaaaaaaaaaa maaaaaaaaaaaaaa riiiiiiiiiiiiiiiiiii llooooooooooooooo eeeeeeeeeeeees pooooooooooooor aaaaaaaaaaaaa llaaaaaaaaaaaaaaaa- la ballena levantó una aleta gigantesca, más grande que el ala del dragón más gigante que haya existido. Tan grande que cuando salió del agua, además de señalarme el camino, llegó hasta las estrellas y cuando volvió a sumergirse se llevó algunas al mar. Le di las gracias a la ballena que me despidió con un
-deeeeeeeeeeeeee naaaaaaaaaaaa daaaaaaaaaaaaa- y salí volando del agua hacia mi destino, porque ya tenía arrugaditas las alas y la parte blandita de las garras.”



Cap. 4. El timbre en el bosque, el amor en el lago.

-Yo adivino- dijo Charlie, -Volaste mucho mucho tiempo antes de encontrar el Río Amarillo.
-No, no adivinaste- dijo mamá Morwen. -Resulta que el río estaba ahí no más cerquita, porque desemboca en el Mar amarillo, y da la casualidad que yo justo estaba nadando en el lugar en que los dos se convierten en uno y no se sabe muy bien cual es río y cual es mar. Es la parte del agua que es salada y dulce a la vez..
-Y esa agua se puede tomar- dijo Charlie, y Morwen dudó porque no la había probado.
-Es un poco rara, porque al principio parece dulce y rica, y después se pone un poco asquerosa. Pero no da dolores de panza.- Dijo papá Lao que sabía mucho al respecto.
-“Bueno, sigo con la historia.” Continuó Morwen. “Seguí el río en la dirección que indicó la ballena, y me indicó bien porque cada vez se hacía más angosto a medida que entraba en la tierra. Una vez que encontré una gran extensión de tierra, dejé el río y comencé a volar en busca de dragones chinos, quería comprobar si los cuentos del tío Noel eran verdad.
Y ahora sí Charlie, que volé mucho mucho tiempo sin encontrar ni siquiera una escama extraviada. Pero como ya había atravesado la mitad del mundo, me dije a mí misma otra vez, que no era momento para rendirse y volver a casa. Entonces bajé a un bosque y me tiré a descansar a la sombra de los árboles. En eso estaba, intentando dormirme, cuando escuché el sonido de un pájaro, era muy hermoso, por eso mientras cantó me quedé despierta para escucharlo. Volví a cerrar los ojos y escuché el rugido de un tigre. No me asusté porque para los dragones los tigres son como gatitos. Volví a cerrar los ojos y escuché el relincho de un caballo. -Cuantos animales hay en este bosque-, pensé. Pero como estaba muy cansada volví a cerrar los ojos, entonces escuché el croar de una rana. Y ahí si me enojé, me paré decidida a buscar a todos esos animales maleducados que no me dejaban dormir, y seguí el sonido de la rana hasta detrás de unos matorrales. Cuando estaba por llegar, algo más grande que una rana salió disparado de la maleza. Tuve que apurarme para alcanzarlo, pero finalmente lo enrosqué con la cola y lo acerqué para hablarle.
Era un animal muy extraño, tenía muchos colores en el cuerpo, pero las puntas de las patas eran blancas y chiquititas. Era más grande que una rana, pero más chico que un caballo. Tenía la cabeza muy rara, estaba hecha de paja. Lo levanté y le pregunté,
-¿Eres el animal que no me deja dormir?- No recibí respuesta. Entonces lo sacudí un poquito –Hey- volví a decir, -No te voy a comer, sólo quiero dormir un ratito-. Esta vez el animal movió la cabeza y resultó que no estaba toda hecha de paja, también tenía una parte blanca con dos ojos chiquitos, una nariz y una boca, ¿parecidas a qué? Pensé en el momento. ¡Parecidas a un hombre! Me dije y salí corriendo, porque acordate Charlie que a mí me habían enseñado a temerle a los hombres, feroces cazadores de dragones.
Ahora era yo la que estaba escondida tras un matorral temblando. Pero estaba en China, y ahí los hombres y los dragones se llevan diferente. El hombrecito se acercó y me
habló.
-Gran Dragona perdóneme, no quise ofenderla. Estaba practicando mis sonidos y no la había visto. Le ruego me perdone-.
-¿Pero cómo?, ¿No quieres cazarme?-. dije yo confundida, porque lo único que había escuchado de los hombres escoceses alguna vez era ¡Maten al dragón! O ¡Ay, no me comas!.
–No- dijo el hombre chino. -¿Por qué iba yo a querer cazarte? Eres el primer dragón verde que vi en mi vida. En realidad eres el primer dragón que vi en mi vida, pero se que los dragones chinos son rojos o amarillos.
Después de esta respuesta ya me sentía mejor, así que salí del matorral.
-¿Hay dragones en China?- dije.
-Sí, muchos- dijo el hombre.
-¿Y dónde los encuentro?.
-No lo sé. No suelen mostrarse a los hombres como lo estás haciendo. Les gusta esconderse-, Lo que el hombre dijo me entristeció otra vez. Ya me estaba imaginando una búsqueda larga y difícil. El hombre se dio cuenta de mi tristeza y dijo: -Viajaste mucho, ¿no es verdad? No te apenes, ya los vas a encontrar, pero antes tenés que descansar-. En ese momento el hombre dejó de hablar como hombre y empezó a cantar como pájaro para que yo me durmiera. Era tan impresionante su habilidad que me quedé despierta.
-¡¿Cómo haces eso?! ¿Todos los sonidos de animales que escuché los hiciste vos?!
-Todos- dijo el hombre. -Soy Lianglong el mejor artista de China. Aunque en mi aldea no quieran reconocerlo. Se burlan de mí y me dicen que haga algo útil. Pero para mí, cantar y hacer sonidos es más útil que cualquier otra cosa.
-A mí también me encanta cantar y rugir. Me fui de mi tierra porque allí no se puede cantar ni hablar fuerte.
-Qué horror- dijo Lianglong.
-Yo también puedo hacer algunas cosas con mi voz- dije orgullosa. -Puedo hablar muy suavecito, y también creo que puedo hablar agudo como un mosquito, grave como una tortuga, rápido como un arenque y lento como una ballena-. Lianglong parecía impresionado, y yo también me impresioné de todo lo que había aprendido en mi viaje sin darme cuenta, porque cuando quise imitar a los amigos que había conocido en el camino, me salió a la perfección.
Largas horas estuvimos sentados en el bosque con LiangLong haciendo sonidos y cantando juntos. Aprendí un montón de formas nuevas de hacer sonidos y recobré ánimos para seguir buscando dragones. Cuando empezó a oscurecer LiangLong se despidió como nunca ningún hombre se había despedido de un dragón escocés.
-Gran Dragona, ha sido un honor cantar contigo, debo volver a mi aldea. Buena suerte en su búsqueda.-.
-¡Gracias querido Lianglong!-. dije yo y cerré los ojos para dormir pensando en el no tan loco tío Noel.
Al día siguiente recorrí caminando la hermosa China mientras practicaba los sonidos de animales que me había enseñado Lianglong. Caminé y caminé, pero ya no estaba buscando dragones que hablaran fuerte, estaba haciendo lo que quería hacer: cantar en una tierra libre. En eso estaba cuando vi a lo lejos un lago de aguas tan quietas que parecía un espejo gigante para el cielo. Me acerqué para mirarme mientras hacía el sonido de un huracán, uno de los ruidos más preciados por Lianglong y más difíciles de hacer. De repente, el agua comenzó a moverse como si realmente hubiera un huracán y enormes olas se levantaron. Yo me asusté y dejé de hacer sonidos, pensando que era mi culpa. Metí la cabeza entre las garras y me enrosqué en la cola.
-¡¿Quién osa perturbar la paz del Lago Espejo y el sueño del gran Dragón Amarillo?!-. se escuchó muy fuerte desde el lago.”
-¡Ese es papi, ese es papi! ¿no?-. dijo Charlie.
-Sí, ese era papi, y en ese momento yo me asusté un montón, porque nunca había escuchado una voz tan poderosa y tan fuerte.
-“¿Quién osa perturbar el sueño…? Empezó otra vez, y yo dije con miedo.
-Soy Morwen de Escocia y no quise molestarlo, no sabía que este lago era su casa-. Levanté la cabeza y vi un enorme…y hermoso dragón amarillo parado en medio del lago mirándome extrañado. El dragón chino no me respondió, se quedó en silencio un rato tan largo que yo me empecé a aburrir. -Y bueno-, le dije, -¿me va a perdonar o no?, o al menos dígame su nombre-. El dragón, papi, empezó a balbucear”.
-¡Yo nunca balbuceé!- dijo papá Lao enojado.
-Vamos Lao- dijo Morwen.
-Bueno…pero sólo un poquito-.
-Si un poquito, dijiste:
“-So so soy eh, soy eh eh soy Lago eh digo Lao soy Lao-.
-¿Lao, ese es tu nombre?- dije yo.-¿Me perdonas?-.
-Eh no, digo si, eh eh… sos verde-.” Morwen largó una carcajada acordándose de ese momento, entonces papá Lao tomó la palabra y siguió contando la historia.
-“Ay Charlie, era la dragona más hermosa que había visto en toda mi vida, y era verde verde como el reflejo de los árboles en el Lago Espejo, verde como los árboles mismos. Caí enamorado como se cae de una montaña alta, y las palabras se me estrellaban entre los colmillos sin que yo pudiera evitarlo. Además, ella hablaba suavecito como una brisa, tan suave como yo nunca había escuchado. Era, ejem digo es, una voz para contar cuentos, cantar canciones de cuna y rugirle a las estrellas.”
-Yo también me enamoré enseguida- siguió mamá Morwen.-Pensé que Lao era como el sol, y que si el sol hablara tendría que tener su voz. Además se le atragantaba las palabras, je je, al Gran Dragón Amarillo del Lago Espejo, y eso era muy tierno-.
-Yo no soy ningún tierno, soy un dragón poderoso, un dios para mi tierra-. dijo Lao molesto.
-Ya lo sé, eres el dragón más poderoso que hay en el mundo-. dijo Morwen guiñándole un ojo a Charlie. Lao se quedó contento y se acostó en el suelo húmedo de la cueva, porque ya era tarde.
-“Y así fue, Charlie como nos conocimos y nos enamoramos. Después buscamos esta cueva para vivir, que tiene agua y tierra, verde y amarillo, suave y fuerte y un dragoncito que puede cantar y hablar de cualquier manera, igual que papá y yo. Y ahora, acostate una vez más entre las alas de papá y mi pancita, porque aunque hayas lanzado tu primera bola de fuego, nadie dice que un dragón grande no pueda hacerlo.”


Charlie Ming, el dragón cantor (Primera parte)



Belén de Larrañaga, la profesora de música, inventó este cuento para que los más pequeños se familiarizaran con los diferentes sonidos.
Aquí dejamos el cuento, para oír los sonidos, es necesario asistir a la clase de Belén y prestar atención (y oído) a lo que los chicos hacen allí.
Para leer los dos primeros capítulos del cuento:

Cap 1. Fuerte y suave en las llanuras.

Charlie Ming lanzó su primera bola de fuego, PÁFFFFFFFF, bien alta hacia el cielo. Eso significaba que ya no era un dragoncito bebé, estaba listo para crecer y dejar de dormir entre la pancita de mamá y las alas de papá. Pronto debería buscarse un hogar propio, y por eso sus papás estaban un poquito tristes.
Cuando los dragones se hacen grandes, no se transforman en doctores, maestros o pintores como hace la gente, pero sí salen a buscarse un hogar, en el lugar del mundo que más aman. A algunos les gusta el agua y se van a vivir al mar, a otros les gusta el aire y se van a las montañas bien altas, y a otros las cuevas profundas con diamantes y olorcito a tierra mojada.
A Charlie Ming le gustan todos estos lugares, porque no es un dragoncito común. Es mitad escocés y mitad chino. Su mamá Morwen Mac Lawren es una dragona de Escocia, una tierra de grandes espacios verdes y clima de tarde triste, y su papá Lao Tse Ming es un dragón de China, una tierra bañada de sol y barriletes danzarines. Ahora bien, Escocia y China quedan muy muy lejos, por si no lo sabían, entonces ¿Cómo hizo una dragona escocesa para conocer a un dragón chino, y tener un dragoncito con él? La misma pregunta se hizo Charlie Ming el día en que lanzó su primera bola de fuego, y como a los dragones les encantan las buenas historias, los papás de Charlie Ming se pusieron muy contentos, porque ahora iban a contar la suya, una historia de amor.
Mamá Morwen empezó así:
- Todo comenzó un día de lluvia en Escocia.
- No, dijo papá Lao. -Empezó en China adentro de un lago.
- Pero no Lao, dijo la mamá. -Te falla la memoria, empezó en Escocia, cuando todavía no nos conocíamos y yo era una dragoncita joven.
“En Escocia está casi siempre lloviendo, y la mayoría de los dragones andan resfriados, cosa que les encanta, porque los hace estornudar. Hacen ACHÍSSSSSSS cada vez que pueden. Los estornudos son una de las cosas que más disfrutan, porque aman las cosquillas y hacer muecas locas con el hocico. El problema es que cuando un dragón estornuda, larga un chorro de fuego tan grande y tan poderoso, que es capaz de quemar una plaza entera como si fuera un fosforito. Entonces, en Escocia los dragones vivían estornudando y por lo tanto se la pasaban quemando bosques, campos y lo que era peor, alguna que otra aldea de hombres, sin querer por su puesto. Todo el mundo sabe que los dragones somos pacíficos, un poquito atolondrados tal vez, pero buenos. Lo que pasaba era que los hombres en esa época, cuando yo era chiquita, no sabían que nosotros no los queríamos rostizar, y que solamente estábamos resfriados, entonces se morían de miedo y se organizaban para salir a cazarnos, como si fuéramos bichos malos. Y como todo el mundo sabe, la mayoría de los dragones escoceses son un poco miedosos. Es por eso que en este tiempo estaban todos muertos de miedo, los hombres y los dragones.
Para que no nos encontraran los hombres, los dragones decidimos escondernos y no hacer ningún sonido que los alertara. Aprendimos a hablar suavecito suavecito, tan suave que apenas se nos escapaban las palabras por entre los colmillos. El problema Charlie, era que a mí me encantaba cantar a viva voz, y todo el mundo se la pasaba diciéndome ¡SHHHHHHHHHHHH más suave Morwen! ¡Nos va a escuchar! Todos menos mi tío Noel, al que le gustaba cantar y especialmente rugir, bien GRRRRRRRRR, como a mí. Los demás dragones decían que él estaba loco, porque se la pasaba contando cuentos chinos, decía que en China a los dragones los trataban como a dioses y que rugían tan fuerte que se los escuchaba desde lo más alto del cielo, hasta lo más profundo del mar. Nadie le creía sus historias, excepto yo.
Y fue un día lluvioso en Escocia, cuando supe que los dragones también podían hablar, rugir y cantar fuerte fuerte, además de suavecito suavecito, como a mí me habían enseñado.”


Cap 2. Agudo y grave en el cielo y la playa.

Charlie Ming se revolcó por el piso y rugió con fuerza en la cueva.
-¡¿Fuerte así mami, así decía el tío Noel!?-.
-¡Si, así de fuerte!-Dijo papá Lao lleno de orgullo y empezó a rugir junto a Charlie. Tanto y tan fuerte rugieron que la única pared de la cueva que no era de piedra, sino que era de agua de catarata, se asustó y por un momento cayó para un costado queriendo alejarse.
–SHHHHHHHHHH- Dijo mamá Morwen, -Están asustando al agua, además no me dejan seguir con la historia- Charlie recordó que el cuento de amor no había terminado todavía y se acomodó entre las púas de su papá para estar cómodo y oír mejor. Mamá Morwen también se acomodó para seguir hablando.
- “Muchas lunas y soles pasaron por el cielo hasta que me decidí hacer el viaje a China- dijo. -No quería dejar al abuelito Liam, pero a la vez estaba cansada de estar siempre susurrando suavecito. Una noche en la que los grillos hacían más ruido que los dragones roncando, pensé que no era libre del todo si no podía cantar. Entonces afilé mi uña y escribí en la pared de mi cueva una despedida para el abuelito, el tío y toda la familia. Salí de la cueva verde sin hacer ruido, volé algunas vueltas sobre ella y después me alejé hacia donde sale el sol, porque según el tío Noel, la China es la tierra donde el sol se acuesta a dormir.
Pasé mucho tiempo volando arriba de las nubes para que nadie me viera. Pero también era difícil para mí ver algo de la tierra por sobre las nubes, por eso no sabía muy bien adonde iba, mi único guía era el sol naciendo a la mañana. Mucho mucho tiempo estuve sola por el camino, las nubes eran todas parecidas y no había nadie para decirme si estaba avanzando o volando en círculos.
Un mediodía muy nublado el cielo parecía un océano todo igual por los cuatro costados, entonces tuve miedo y me largué a llorar sobre las nubes mullidas. De repente, mientras yo lloraba suavecito, escuché un sonidito chiquito en mi oreja. Pronto escuché ese sonidito y otro más, y después otro más y uno más, y tantos más, que tuve que levantar la cabeza para ver qué era lo que pasaba. Abrí los ojos llorosos y ví que estaba metida en una nube negra, miré mejor y ví que la nube estaba hecha de puntitos y cada puntito era un sonido.
-¿Qué te pasa, porqué lloras?- dijo un puntito, hablando fuerte pero muy finito.
-Estoy perdida puntito, por eso estoy triste- dije yo.
-¡Puntito! No somos puntitos, somos mosquitos!- Dijeron todos a la vez enojados, cada vez más agudo. Y yo que estaba muy triste me largué a llorar otra vez. -No llores más- dijeron los mosquitos, y entre varios me secaron las lágrimas. -Decinos adónde querés ir-.
-A China- dije yo.
- ¡A China, pero eso está muy lejos, nunca fuimos!- dijeron más agudo.
–Buaaaaaaaaaaaa- dije yo.
-Bueno, no llores más. Nosotros no fuimos pero conocemos a alguien que recorrió el mundo, y ella vive acá abajo en la playa. Ahora te llevamos y te prometemos que no te vamos a picotear porque sos bonita y verde y nos gustás-.
-Gracias buenos mosquitos, ustedes también me gustan porque hablan fuerte pero suenan finito.


Los mosquitos me envolvieron en su nube y juntos bajamos volando hasta una playa amarilla. Cuando llegamos vi el mar y una piedra enorme en la arena, nada más.
–Ufa- dijeron los mosquitos. -Esta vieja malhumorada ya escondió la cabeza-. Los mosquitos se abalanzaron sobre la piedra y empezaron a cantarle una canción, tan agudo que yo no podía cantarla.

“Vieja, vieja, piedra vieja,
sacalá a tu cabeza.
Vieja, vieja, piedra vieja,
saca patas, saca orejas.”

Los mosquitos cantaron y cantaron, hasta que la piedra se transformó ¡y le salieron patas, y una cabeza!
-¿Qué pasa, qué pasa?, nube del infierno- dijo la piedra con voz profunda, tan grave que hacía temblar la arena.
-Nos encontramos una sorpresa verde, que llora y llora porque quiere ir a la China y no sabe como- dijeron los mosquitos.
-¿Verde, y quiere ir a la China?, ¿dónde está?-. Y yo estaba escondida entre la arena porque la voz grave de la piedra me daba miedo.
-¡Vení bonita llorona! ¡Vení bonita llorona!-. Dijeron los mosquitos muchas veces. Entonces me acerqué temblorosa hasta la piedra con cabeza y patas.
-Señora piedra- dije -¿Usted sabe como llegar a China?-.
-¿Piedra?, yo por acá no veo ninguna piedra, yo soy una tortuga y nadé los siete mares antes de que hubiera piedras en las playas- La voz de la tortuga me hizo temblar otra vez. Era como la voz de un pozo profundo o de una montaña.
-Perdón señora, nunca conocí una tortuga- dije con miedo.
-Te voy a ayudar aunque no sepas nada, porque hablás suave como la orilla del mar y me gustás, ¡no como esta nube bochinchera del infiero!- dijo la tortuga. -Para ir a la soleada China hay que viajar cerca del océano y seguir a los arenques chinos hasta el Mar Amarillo.
Y así fue como recibí las primeras instrucciones para viajar a China, además de la guía de mi amigo el sol. Me despedí de la tortuga y los mosquitos y saludé al mar para seguir mi viaje.”