miércoles, 10 de octubre de 2007

Una corona larga y puntiaguda



(de Adrián Ferrero)
Para Emilia Ferrero, que me pidió que le contara esta historia
Para Paulina Grossi, que me invitó a escribirla

En el mundo del que voy a hablarles vivía un unicornio. Se llamaba Meleagro y era todo de color blanco. Por supuesto que tenía un cuerno. Un solo cuerno. Menos blanco que el azúcar, pero más duro. Más puntiagudo que un alfiler, pero hecho de marfil, del mismo material del que están hechos los colmillos de los elefantes. Los cuernos de marfil son muy buscados por los cazadores, porque valen mucho dinero. Pero ¿dónde se ha visto dejar a un elefante sin su colmillo? Es más o menos como sacarle un diente a una persona, o algo peor, porque los cazadores de elefantes no son tan educados como los dentistas.
Pero volvamos a Meleagro. Meleagro vivía en un lugar lleno de pasto fresco, del cual se alimentaba, y de arroyos transparentes, en los que se daba largos baños y de los que sacaba agua para beber. Le gustaba mucho la alfalfa recién cortada, olorosa a tierra mojada y a lluvia, y también las flores de manzanilla, de color amarillo y sabor dulzón.
Pero a Meleagro le gustaba darse otros gustos además de comer y beber. Le gustaba dormir largas siestas bajo la fronda de los árboles. Le gustaba revolcarse sobre la tierra reseca, para espantarse los mosquitos y rascarse el lomo con placer. Y, sobre todo, le gustaba correr carreras al galope por el campo.
Cuando se hizo grande, decidió andar mundo por su cuenta, sin la protección de sus padres. Así fue como se instaló en un valle que se llamaba Valle Profundo. Nunca se había cruzado con otros unicornios. Ni había visto más vida que algunos insectos, como mariposas y polillas, abejas y avispas o ciertos pajaritos cantores que alegraban sus mañanas y bajaban de los árboles a hacerle compañía.


Un día Meleagro decidió salir del Valle Profundo y conocer otros rincones del mundo. Caminó por largas llanuras, trepó hondos desfiladeros y cruzó ríos llenos de peces plateados que saltaban como langostas. Llegó a un lugar donde había unos raros animales. Como no los conocía, se acercó a ellos y les dijo:
-Buenos días. Me llamo Meleagro. ¿Ustedes quiénes son?
Un coro de animales malhumorados, masticando pasto y con voz cansada le respondió:
-Somos los toros y las vacas. Pero a vos te falta algo. Tenés un solo cuerno-y se rieron todos juntos del pobre Meleagro dando fuertes y sonoras risotadas mientras lo señalaban con sus pezuñas.
Meleagro estuvo a punto de decirles que no se hablaba con la boca llena. Pero no lo hizo.
-A mí no me falta nada-les contestó Meleagro algo molesto-Yo soy así. Soy un unicornio. Los unicornios tenemos, como nuestro nombre lo indica, un solo cuerno. Y estamos felices de ser así como somos. ¿Para qué necesitamos otro? Dos dan más trabajo para limpiarlos y ocupan mucho más lugar en la cabeza.
-Pero a nosotras nos parece que vos estás sin terminar. Se olvidaron de ponerte el otro cuerno.
Las vacas se seguían riendo de Meleagro y él ya no tenía ganas de escucharlas ni de ver cómo sus bocas se abrían y mostraban dos hileras de dientes blancos y una lengua rosada como una flor. Dio dos fuertes patadas contra el suelo, que retumbaron furiosas como dos terremotos e hicieron temblar los árboles, relinchó con fuerza y se fue. A medida que se alejaba podía escuchar cómo la risa de las vacas se iba apagando hasta desaparecer.
Un poco decepcionado y otro poco triste, Meleagro se sentó a pensar al lado de un árbol. Echado sobre el pasto, se miró su único cuerno y pensó si las vacas no tendrían razón. Quizás él estuviera sin terminar. Quizás se habrían olvidado de agregarle el cuerno que le faltaba. En ese momento se dijo que no tenía por qué hacerles caso a esos animales llenos de manchas, torpes y gordos, que lo único que sabían era dar leche, pelearse y comer pasto.
Se levantó y siguió su camino. Se encontró entonces con una manada de animales peludos y de cuernos retorcidos. Los animales, al verlo, se tiraron al suelo muertos de risa. Se reían y lo señalaban como si él fuera ridículo.
-Miren- decía una dando grandes voces- tiene un solo cuerno. Seguro que se lo arrancó o que lo perdió en alguna pelea.
Otra, más mala, le gritó:
-¡Fuera de aquí, monstruo horripilante! No queremos ver animales con un solo cuerno. Aquí vivimos nosotras, las cabras y no hay lugar para animales deformes.
Meleagro la miró, esta vez indiferente, ya no enojado. Ni se molestó en contestarle. Se dio cuenta de que era una pérdida de tiempo. Dio media vuelta y siguió su camino.
Llegó a un bosque con árboles muy altos y ardillas trepadoras que huían a su paso. Sus cascos hacían ruido al avanzar y pisar las hojas secas que tapizaban el suelo. Allí se encontró con unos animales de largas y pinchudas cornamentas. Como era de esperar, del mismo modo que las vacas y las cabras, estos animales también se rieron de su único cuerno.
-Pero ¿y ustedes quiénes son?-preguntó Meleagro un poco decepcionado.
-Somos los ciervos. Vos estás incompleto. Te falta un cuerno-dijeron. Y empezaron a reírse de él.
Cansado de las burlas, Meleagro pensó que si quisiera él también podría reírse de ellos. Eran ellos los que tenían un cuerno de más. A él con uno solo le bastaba. Podía pinchar una manzana y levantarla por los aires. O raspar la punta de su cuerno contra la corteza de un árbol para hacerlo más filoso. O clavarlo en la tierra para hacer un pozo y esconder alguno de sus tesoros. Esa noche decidió dormir bajo la luz de la luna. Quería poder apuntar al cielo con su cuerno para contar las estrellas que veía. Durmió dulcemente, mientras los grillos crujían entre las hojas de los árboles y la luz de la noche pintaba el agua con el brillo de un barniz.
Al día siguiente lo despertó el canto de unos ruiseñores. Eran sus amigos. Ellos nunca se habían reído de su cuerno ni lo habían perseguido por ser distinto. Emprendió la marcha rumbo a un campo cercano, que le habían dicho que tenía pasto verde y fresco.
Después de andar varias horas llegó a un lugar habitado por unos seres muy parecidos a él, casi iguales. Salvo que no tenían cuernos. Ni uno, ni dos, ni tres. Los animales se quedaron mirándolo sorprendidos. Pero no se reían de él: estaban admirados. Nunca habían visto algo igual. Meleagro pensó que se irían a reír de él y se preparó. Pero cuando ya estaba listo para marcharse uno de los animales lo llamó con mucha suavidad.
-Perdón. ¿Cómo es tu nombre?-le preguntaron.
Él les contestó, les dijo de dónde venía, cuáles eran sus costumbres y de qué se alimentaba. Los animales se reunieron todos juntos y formaron un círculo a su alrededor. Hablaron en secreto. Algo estaban tramando en ese momento. Después de mucho deliberar, los animales se le acercaron amistosamente y le dijeron:
-Meleagro. Somos una manada de caballos que ha perdido a su rey. Ha muerto en la guerra contra otra manada. Nadie nos gobierna ahora. Es por eso que te queremos pedir que ahora vos seas nuestro rey.
-Pero ¿por qué?-preguntó Meleagro- ¿Por qué quieren que yo sea su rey? Los reyes reinan y yo sólo quiero compartir mi vida con otros animales.
-Porque sólo unos pocos caballos llevan corona en este mundo. Y vos sos uno de ellos. Meleagro estaba muy sorprendido. Pero como era un unicornio bueno y le gustaba ayudar en lo que podía a los demás, aceptó de buena gana.
Si alguna vez visitan los prados donde reina Meleagro, verán lo bien que gobierna a su tropilla. Cuando se produce una carrera y salen todos galopando, de entre esa multitud de cascos, crines y polvareda se destaca una corona blanca y puntiaguda. Una corona que lo convierte en el monarca de los caballos.


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