miércoles, 10 de octubre de 2007

La vida color de rosa


Por Paulina Grossi

Las cosas andaban mal en el barrio, muy mal. Se comentaba en las casas y en la panadería, en la plaza y en el almacén. No se trataba de una brujería, tampoco de un maleficio, nada de eso. Era algo misterioso, que nadie se podía explicar.
El primero en darse cuenta fue un viejito que salía muy temprano a caminar por el barrio. Cuando miró el cielo lo vio menos azul. Pensó que sus ojos, ya cansados, le estaban fallando. Pero no, cuando lo comentó con los vecinos, todos notaban lo mismo, el cielo parecía despintado.
A los tres días, una chica recién casada, que había pintado el frente de su casa de púrpura abrió la puerta y se encontró con un color lavado y aburrido que en nada se parecía al original. Enseguida fue a quejarse a la pinturería, pero cuando abrieron los tarros para mostrarle que la pintura era buena, se encontraron con unos colores tan paliduchos, que ni se podía distinguir cuál era cuál.
A un nene, al chupar una paleta gigante y multicolor, le pareció que todos los colores eran el mismo. Y las nenas se aburrían en los recreos, porque la brillantina de las figuritas ya no centelleaba en variedad de colores.
Los vecinos decidieron reunirse para buscar una solución.
-¡Está todo desteñido!- decían todos. Bueno, o casi todos. Porque la dueña de la verdulería aseguraba que sus rosas seguían estando de ese color, y tan hermosas como siempre. Y la hija de la vendedora de pochoclos aseguraba que su helado de frutilla seguía teniendo el color intenso de antes. Al poco rato, los vecinos ya estaban tomando mate y hablando de cualquier cosa porque, confundidos, no sabían qué hacer. Lo único que se les había ocurrido en esa reunión era volver a pintar aquello que podía pintarse, pero tampoco funcionó. Todo volvía a quedar tan desteñido como antes.



Un día, aprovechando la lluvia que acababa de caer, todos los colores se reunieron en el arco iris. Al principio era un gran desorden, hablaban todos juntos, tan preocupados como la gente por resolver el problema.
-¡Nos estamos despintando! ¡Vamos a desaparecer! ¡Todos nos miran con cara de compungidos!- gritaban unos por encima de otros, de manera que no se entendía nada.
-¡Yo trabajo como siempre!-vociferó el negro. -Me esfuerzo, vaya si me esfuerzo, pero la noche ya no es oscura, los pájaros no duermen y los grillos ya no cantan.
-Basta, basta –dijo el verde obispo, que por haber vivido mucho sabía que esa discusión no llevaba a nada- que aquí no es cuestión de quejarse sino de descubrir el misterio, que ya sabemos que todos trabajamos mucho.
Entonces se hizo un gran silencio, y en el silencio al violeta se le prendió la lamparita: -¡Ya sé!-gritó con una voz profunda que parecía salir de la barriga de un pez. El problema es el rosa.
-¿El rosa? –se asombraron todos a coro-. Y ahí, mirando para un lado y para el otro, fue que se dieron cuenta de que era el color que había faltado a la cita.
-¡No vino! –volvieron a gritar.
-Y claro –dijo el rojo avergonzado porque era medio pariente suyo- Qué va a venir. Debe estar
muy ocupado luciéndose, si es el único que todavía anda sin problema, tan rosa como siempre.
-Por eso decía yo –siguió el violeta entusiasmado- Todo empezó con los chicos, en los jardines de infante y en las escuelas.
-¿Con los chicos? –preguntaron todos riéndose. Pero el violeta siguió sin hacer caso de la burla.
-Claro ¿No ven que a las nenas es el que más les gusta? Si parece que los demás colores no sirviéramos para vestirlas.
-¿Y los varones –le preguntó un amarillo patito sacándole la lengua.
-Los varones dicen que las nenas no son nenas si se visten de otro color –le contestó el violeta devolviéndole la mueca. Y así todos miran al rosa, todos al rosa que está ahí lo más campante y a nosotros nada. Y bien saben ustedes que si no nos miran, los colores ¿para qué vamos a estar?
-Por eso nos vamos desdibujando –dijo el blanco con cara de haber entendido-.
-Pero ¿Y los grandes? –preguntó un gris perla-. Ellos sí usan otros colores para vestirse, para dibujar, para decorar ...
-¿Pero no se dieron cuenta –consultó un rojo fuego- que mirar lo que se dice mirar en todo el ancho de esa maravillosa palabra miran más los chicos que los grandes? Los grandes...bueno, ellos ven, pero es como si ya mirar no tuviera tanta gracia. En cambio, cuando miran los chicos, nosotros brillamos más, es como si se nos alargara la vida.
-Eso, cuando podemos brillar –dijo un celeste con tristeza-.
-Bueno, tenemos que pensar en algo –dijo un marrón con aire práctico-.
-¿Y si vamos a buscar al rosa y todos juntos le sacamos la lengua para avergonzarlo? Capaz empalidece –propuso el amarillo patito, que se ve que eso de sacar la lengua le gustaba mucho.
Como no se les ocurrió una idea mejor, así lo hicieron, pero no funcionó. El rosa seguía ahí, sintiéndose el rey de todo, aunque con cara de burla le cantaran:
-Rosa, rosa, cara muy mugrosa. Rosa, rosa, cara muy mugrosa.
En el barrio todo seguía igual o peor. Porque la gente empezaba a extrañar las anaranjadas puestas de sol, el verde intenso de las hojas de algunos árboles que tanto descansaban la vista y, en especial, los chicos extrañaban a las mariposas de todos colores que ahora, tan desteñidas, se parecían a cualquier bicho.
Entretanto, aprovechando la próxima lluvia, que por suerte no tardó en llegar, volvieron a reunirse los colores. Y ahí se les ocurrió una idea que creyeron podía funcionar. Decidieron dejar de trabajar por un tiempo y que el rosa se encargara de todo, ¡A ver qué pasaba! Así que otra vez salieron a cantarle con la misma cara de burla:- Rosa, rosa, a pintar todas las cosas, rosa, rosa, a pintar todas las cosas.
Ni lerdo ni perezoso, sin entender donde estaba la burla, el rosa se puso a trabajar. Al día siguiente, después de la lluvia, el barrio apareció todo cambiado, los vecinos miraban con ojos abiertos como platos: el cielo era rosa, el suelo era rosa, los árboles eran rosas. Y aquella primera noche rosada que de negra no tenía nada, todos se quedaron despiertos, mirando como embobados. Y de tanto sueño que tenían, al día siguiente nadie fue a trabajar, ni los chicos fueron a la escuela.
Las cosas andaban mal en el barrio, mal, muy requetemal. Cuando ya no era novedad, todos empezaron a candarse y a protestar.
-¡Un mar rosa no es el mar, parece sucio!
-¡Ya no se cuál es mi casa me pierdo, parecen todas iguales!
-¡Parecemos metidos en un dibujito animado!¡Todo rosa, todo rosa!
Las rosas ya no eran adornos porque se parecían a todo, las nenas corrían a buscar aquella ropa que por ser de otro color guardaban olvidada en el último estante, pero que al mirarla la encontraron también rosa.
-¡Basta requetebasta! –dijeron los chicos.
-¡Basta requetebasta! –dijeron los grandes.
-¡Basta requetebasta! –dijo el rosa con una voz tenebrosa que nadie reconocía, cansado de tanto pintar y pintar.
Y todos se pusieron a mirar con insistencia las cosas, con ganas, con muchas ganas, con tantas ganas que a los colores se les contagiaron y se pusieron a brillar con más fuerza que nunca.
Desde entonces, en el barrio, las cosas andan bien, muy bien. Porque los chicos y los grandes saben, y nunca se olvidan, que para vivir hacen falta todos los colores.


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