martes, 30 de octubre de 2007

Trabajando con Ricitos de Oro



En uno de los módulos de primero, han trabajado sobre el famoso cuento Ricitos de Oro, tras una lectura de la historia, los chicos han secuenciado, dibujado y reescrito. Aquí tenemos parte de su trabajo.





Ricitos de Oro y los Osos
(versión para que nos la cuenten o para contarla)

Érase que se era una familia de ositos, la familia Tresosos, formada por papá Oso, mamá Osa y el nene Osito.

Un día, justo antes de comer, mamá Osa propuso pasear un poco por el bosque, mientras que se enfríaba la sopa. Papá Oso y el nene Osito enseguida dijeron que sí, encantados. Y los tres salieron de su casita para disfrutar de un lindo paseo.

Mientras, en el otro lado del bosque, una niña con un hermoso cabello ensortijado a la que llamaban Ricitos de Oro, también pensaba que era un hermoso día para dar una vueltita por el campo.

Ricitos de Oro caminaba por el bosque, cuando, de pronto, se sintió un poquito cansada y se dio cuenta de que era ya casi la hora de comer y que no se le había ocurrido llevarse nada para aliviar el hambre. Pero ¡qué suerte!, allí, delante de ella, había una casita, rodeada de flores y hermosos árboles que le hacían sombra.

Nuestra amiguita se acercó a la casa, tocó la puerta, pero nadie le contestó. Intentó abrirla, y, olvidando que hay ciertas cosas que no se deben hacer si antes no te dan permiso, entró en la casa. ‘¡Qué raro!’, pensó, aquí no hay nadie. Sin embargo, vio que sobre la mesa había tres tazones con una humeante y olorosa sopa. Esto hizo que, de nuevo, recordara que no había comido nada desde la mañana y creyó que fuera quien fuera los que habitaban aquella casa no iban a negarle un tazón de sopa a una niñita hambrienta. Así que se acercó a la mesa y probó del tazón más grande, ¡Uy!, se quemó. ‘No, esta sopa está muy caliente’, se dijo. Se acercó al segundo tazón y, ¡afff!, estaba demasiado fría para su gusto. Así que tomó de la mesa el tazón que quedaba, el más pequeñito, probó y ‘uhm, qué rica’, justo en su punto. Sin darse cuenta, se la tomó entera.

¿y ahora qué hacía? Pues habrá que descansar un poquito. Ricitos de oro, revisó la salita y vio que había tres sillas, una grande, en la que estaba incomodísima, porque los pies no le llegaban al piso. Otra, mediana, repletita de almohadones, demasiado mullida para ella. Y la otra, justo de su tamaño, se sentó con tantas ganas, que la sillita hizo crac, crac, flash, flash, y se quedó todita rota en el suelo. ¡Vaya, hubiera sido mejor que me sentara en la mediana!, pero ya la cosa está hecha, vamos a dar una vueltita por la casa, a ver qué encontramos.

Y eso hizo, de nuevo, olvidando la buena educación, se fue a curiosear por la casa.
En una de las habitaciones, se encontró nuestra Ricitos con tres camas, ¡qué bien le vendría ahora un sueñecito, después de esa rica sopa y del susto de la silla!, igual que las sillas, había una cama grande, una mediana y otra chiquita. Primero se acostó en la grande, pero ¡qué duro estaba ese colchón y qué fría la cama!, de manera que pasó a la mediana, ¡demasiado blanda y demasiado calentita y mullida!, a su abuelita le encantaría, pero ella prefería otra cosa. Y se acostó en la chiquita. “¡Oh!, oh, esta sí que es cómoda, la mejor cama del mundo”, bueno, eso quiso decir, porque no llegó a decir ‘mundo’, cuando ya estaba dormida…

¿Y qué hacía la familia Tresosos? Mamá Osa había decidido volver a casa, empezaba a hacerse tarde y tampoco era cosa de que la sopa se enfriara demasiado. Al llegar a casa, Papa Oso con un gran vozarrón dijo: ‘Alguien ha probado de mi sopa’, y la mamá Osa, con una vocecita suave dijo: ‘Alguien ha probado de mi sopa’, y el nene Osito dijo con una voz chillona ‘¡¡¡Alguien se ha tomado mi sopa!!!’

Papá Oso pensó que lo mejor era sentarse para reflexionar sobre el asunto, pero ‘Alguien ha movido mi silla’, dijo con su vozarrón, ‘También han movido la mía’, dijo la mamá Osa, suavemente y el Osito gritó ‘¡¡Alguien ha roto mi silla!!’.

No puede ser, no puede ser, qué gran misterio, pensó papá Oso, pero lo que dijo fue, ‘será mejor que descansemos con una siestecita’.
Imagínense la escena cuando llegaron al dormitorio. Papá Oso, exclamó: ‘ No puede ser, alguien se ha acostado en mi cama’ y mamá Osa: ‘También en mi cama se ha acostado alguien’ y el Osito, dando saltos y grititos: ‘¡Oh, Oh, hay alguien acostado en mi cama!’

Tanto fue el barullo que organizaron que Ricitos de Oro se despertó, abrió los ojos, sin recordar del todo donde estaba, y se encontró con un Oso enorme, una Osa casi tan enorme como el Oso y un Osito, todos ellos con los ojos abiertos y grandes como platos y, claro, como no podría ser de otra manera, dando muestras, nuevamente de su mala educación, saltó de la cama y sin presentarse ni decir perdón ni cosa semejante, salió corriendo y no paró hasta llegar a su casa.

Quizás la próxima vez sea más prudente (y más educada) al llegar a una casa desconocida.


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